Cómo se nota que no quiero escribir...
¡Hola!
A MANERA DE INTRODUCCIÓN
Aunque ninguno de los tres entiende cómo es que los electrones bailan dentro del tubo de rayos catódicos, haciendo que la imagen llegue a esa habitación a modo de living, igual están sentados, absortos, frente a la pantalla. Teleestupidizados, Quique, Sebastián y Aníbal miran la caja, la observan, gesticulan, se indignan, se cagan de risa y manifiestan toda la gama de emociones que la programación ofrece. Quique tiene el control remoto, es decir, la capacidad y/o autoridad tácita de decidir los contenidos, al menos hasta que pase la propaganda. Pero mientras tanto
— ... continuaron en la madrugada de hoy los bombardeos sobre la capital afgana. Se estima que las víctimas alcanzan el número de trescientas cincuenta y seis, sin contar los cuerpos que aún se encuentran bajo los escombros del centro asistencial comunitario de la cruz roja que, según oficiales norteamericanos, funcionaba como cuartel de entrenamiento de los talibán. Ahora vamos a ver las imágenes con el audio de los niños atrapados bajo las ruinas... —informa el enviado especial.
— Propaganda de mierda —dice aníbal—. Sacá esta poronga.
— ... imágenes exclusivas de Crónica TV, el hombre, de unos cincuenta años, manipula el arma. Ya ha amenazado con dispararse si su esposa no vuelve con el automóvil
que se llevó, un Fiat 1500 modelo 1973... —sensacionaliza ahora Crónica TV.
— ¡Riiiiiiiiiiiiiiiinnnnnnnnnnnggggggggggggggg! —interrumpe el teléfono.
— dejá, seguro que es mi vieja —dice Quique ante la intención de Sebastián de levantar el tubo—, y va a empezar a joder.
Habría que entender que la desidia de estos muchachos los conmina a aplastar propiamente el culo en el sillón y no prestar más atención al mundo circundante. Entonces la intención de sebastián de atender el teléfono no fue nada más que un gesto maquinal, puesto que, de estar verdaderamente consciente de su acto, jamás se le hubiese ocurrido perturbar la atmósfera televisiva reinante. Decir que Quique no lo dejó, si no vaya uno a saber que hubiera pasado en lugar de
—¡YA ESTAMOS DE VUELTA CON LA CASA MÁS FAMOSA DEL PAÍS!—grita, insufrible, Soledad Silveyra.
—¡Ya está! —dice Quique, levantándose de repente y sonriendo malicioso.
A esta altura es necesario mencionar el hecho de que, no obstante ser tres adictos —por opción o descarte, poco importa— a la tele, eso no les impide tener cierta mirada crítica sobre lo que ven. O dicho de otra manera, son bastante pelotudos pero, eso sí, Gran hermano no les gusta una mierda.
Claro, gran hermano no les gusta y el hecho de verlo religiosamente en todas sus variantes —debate, resumen diario, etcétera— no tiene por otro objeto el de elucubrar la manera de sacarlo del aire.
—¡Ya está! —repite Quique.
— Dale, hablá —dice Aníbal.
—Bueno, pero en la pausa —conviene Sebastián, prendiendo un cigarrillo.
¡Chau!

